
Del rey Alfonso XI de Castilla el Justiciero se decía “é fue este rey
Don Alfonso no muy grande de cuerpo; mas de buen talle, é de buena fuerza, é
blanco, é rubio, é franco, é esforzado, é venturoso en guerras”. En su época (siglo
XIV) solo existía en Guadalupe una ruinosa y pequeña iglesia; el rey Alfonso onceno, que subió al trono con 15 años, mandó agrandarla y ampliarla para que se
trasformara en un templo digno de la devoción de la Virgen de Guadalupe, con el
añadido de hospitales para los numerosos peregrinos.
En las escasas épocas que
la guerra contra el moro se lo permitía, gustaba de recorrer estos abruptos montes
y cazar osos en ellos. Murió en Gibraltar víctima de la peste a la edad de 39
años. Siete siglos después, hoy le hemos rendido homenaje un grupo de 37
valientes, transitando con orgullo por los bosques y robledales que tanto amó
el rey justiciero, quien venía a postrarse ante la Virgen tras el éxito en sus
batallas.
Nada más bajar del autobús, nos ha puesto a prueba la subida desde
Navezuelas hasta el collado de la pariera,
cota 1.240 m.: la fresca temperatura
ambiente se ha visto anulada de inmediato por nuestras crecientes pulsaciones y
calor corporal. Ya estamos inmersos en el panorama asombroso de plegamientos de
época paleozoica, vislumbrando desde el alto este sistema de sierras y
valles alineados en dirección noroeste-sureste de magnífica belleza.
Ahora toca
bajar al fondo del valle por el que discurre el río Viejas, como si nos
sepultáramos entre las hojas de un imponente libro de cordilleras, el libro donde
está escrita la evolución de la Tierra en los últimos trescientos millones de
años. Sin ser del todo conscientes del privilegio que supone transitar por este
geoparque recientemente encumbrado a patrimonio mundial por la Unesco, inspiramos el
abundante oxígeno que proviene de robles y castaños en retirada hacia sus
cuarteles de invierno.Toca una nueva y sinuosa subida hasta el cerro de las arenas, a la sombra de los 1.601m del pico Villuercas que nos vigila a dos tiros de fusil. Desde aquí se domina ya el nuevo valle del río Ibor y es la antesala del esperado momento del descanso: el aroma montaraz de la jara y el tomillo se hermana con el del chorizo y tortilla de patatas en una deliciosa mistura; las botas de vino inician su alegre periplo de boca en boca. Estamos contentos. Ya es bajada.
Y pronto,
Guadalupe. El templo-castillo que nunca vio Alfonso el onceno escolta en el
horizonte nuestra marcha y se agranda majestuoso protegido por la puebla a medida
que nos aproximamos. Hemos llegado, mitad senderistas, mitad peregrinos. Muchos
visitamos a la Patrona. Cervecitas.
Foto de familia amparados por la grandiosa fachada del Monasterio. Alguna que otra morcilla guadalupense se
aloja en nuestros agradecidos estómagos como digno colofón de una espléndida
jornada que nos ha hecho enorgullecernos de habitar en una tierra que ofrece
tantas y tan bellas posibilidades de disfrute en común: Extremadura.
¡una narrativa atractiva y detalista que invita a no perderse la próxima marcha!
ResponderEliminarPues la próxima del Jálama me la pierdo... Habrá más. Un saludo.
EliminarNo hay más y mejores palabras.
ResponderEliminarJuan Carlos García García. Un saludo.
Gracias Juan Carlos. La inspiración proviene de la propia belleza de la ruta. Lo pasé genial. Un saludo.
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